Caperucita, según Caperucita


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Estoy enfadada, terriblemente enfadada. Sobre todo, estoy enfadada con esta madre mía que camina a mi lado mientras regresamos a casa. Hace ya diez minutos que se dio por vencida y no me pregunta nada más. De modo que caminamos en silencio. Pero cuando lleguemos a casa, seguro que me va a poner verde como un marciano. Ella siempre pretendiendo que yo reconozca sus razones. Me dirá:

Caperucita, hijita, un día de estos me vas a matar de los sustos que me das. No tienes compasión de tu pobre madre. Me paso el día pensando en tu bien, y así me lo agradeces. Hasta tu abuela se ha enfadado conmigo. Pobrecita también, la abuelita. Le has dado un susto tremendo. ¿Cómo has podido?

Y de nada servirá que yo le explique que yo también he estado a punto de morir; sólo que yo casi me muero por partida doble: primero, por el susto, naturalmente; pero también por el lobo. En eso tiene razón mi madre. Claro que no se lo voy a decir, porque sería peor. Por descontado, no voy a reconocer que los lobos no son de fiar. Bueno, tampoco es verdad del todo.¿Por qué no puedo tener un amigo lobo? Nada habría pasado si no aparece ese tonto con escopeta. Ni siquiera le habría entrado la fiera al lobo. El pobre no hacía más que jugar conmigo. Lo que pasa es que al ver al cazador le volvió la fiera que lleva dentro. Esto mejor ni se lo digo a mi madre. La pobre no puede entenderlo. Seguro que me dirá:

Reconstruyamos los hechos, Caperucita. Tú estabas en el jardín, jugando. Si es que te pasas el día sin pensar en otra cosa que en el juego. Yo te necesitaba para llevarle a tu abuela la merienda. Cinco veces te tuve que llamar. Por fin, y de mala gana como siempre, cogiste la cesta y te marchaste. ¿No te advertí que no te fiaras del lobo? Pero nada. Tú, como siempre, lo primero que pensaste fue en cómo podías desobedecerme. No hay manera de que entiendas que lo hago por tu bien.

Y me recordará hasta la saciedad que los lobos no hablan, porque está empeñada en que son tonterías mías esto de andar hablando con los gatos, las gallinas, las flores, los muñecos... ¡Qué poca imaginación tiene esta madre mía! ¿De quién lo habré heredado yo, esto de ser tan fantasiosa? Total, me encontré con el lobo. Al principio, me dio un poco de miedo. Así que fui prudente. Por si mi madre tenía razón. Probé con un saludo. Le dije: "Señor lobo, qué día tan bonito tenemos hoy". Y él me contestó que sí, y estuvo muy atento conmigo, que si cuál era mi nombre, que si era muy guapa, que si me quedaba muy bien mi caperucita, que si estaba dando un paseo, y cosas así. Total, nada que pudiera interpretarse como un peligro. Mi madre no se cree que los lobos hablan. Claro, como nunca lo intenta, no sabe que se puede hablar con todo el mundo. ¿Tengo yo la culpa de que el lobo fuera más listo que yo? A fin de cuentas no soy más que una niña, él ya parece un lobo adulto. Y como todos los adultos, sólo te dice lo que le conviene. Mi madre hace lo mismo, y no por eso dejo de hablarle. Excepto ahora, que estoy muy enfadada con ella. Sobre todo pensando en lo que me dirá. Hasta me lo puedo imaginar:

Claro, te pones a hacer carreras con un bicho que corre cien veces más que tú. ¿Y qué te encuentras? Una fiera que ha asustado a tu abuela, que le ha destrozado la ropa y la ha hecho esconderse. Tú entras tan tranquila, sin mirar, toda confiada, derechita a sus fauces. A punto ha estado de comerte. Lo que yo digo, me vas a matar con tantos sustos.

Y es que no se cree que el lobo y yo queríamos jugar. Lo que pasa es que llegó primero y mi abuela lo quiso espantar con una escoba. De no ser así, seguro que no pasa nada. Lo del camisón creo yo que lo demuestra a las claras. Si no hubiera tenido ganas de jugar, ¿qué necesidad tenía de disfrazarse y jugar conmigo a las adivinanzas? Me habría devorado en el bosque y santas pascuas. O me habría comido nada más entrar en casa de mi abuela. Pero a ella tampoco se la comió. La encerró en un armario, pero sólo para que dejara de darle con la escoba. Si es que mi abuela es también un poco pesada; cuando se le mete una cosa en la cabeza, no hay quien se la saque. Y claro, yo la tengo que aguantar porque es mi abuela, pero el lobo no tiene ninguna obligación. Demasiado que no se la haya comido. Así que la encerró. Pero mi madre me dirá:

De no ser por ese cazador estarías muerta. Menos mal que pasó por ahí. Dice que estabas muy asustada. Que gritabas como una descosida. Claro que no es para menos, seguro que ya te veías destrozada. ¿Qué habré hecho yo, Señor? ¿Por qué tengo una hija tan desobediente y terca?

En realidad, el lobo estaba jugando conmigo. Se había puesto un camisón que encontró cuando encerró a la abuela en el armario. Al principio, noté algo raro, pero no sabía qué. Me extrañó que mi abuela estuviera acostada, tapada hasta la nariz. Porque no es un día frío. Pero como ya está viejecita, tampoco le di demasiada importancia. Total, que el lobo me dice: "Hola, Caperucita, ¿qué me traes en esa cestita?". Y yo le digo: "Pero abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!"; y el lobo me dice: "Son para verte mejor". Yo le digo: "¡Qué orejas más largas tienes!"; me dice: "Son para oírte mejor". ¡Qué raro todo esto, ¿verdad? Me acerqué más y vi sus larguísimos y afiladísimos dientes, y entonces me di cuenta de que era el lobo. Sí que es verdad que tuve algo de miedo, porque al principio no había oído que mi abuela me llamaba desde su armario. El lobo se levantó y comenzamos a dar vueltas alrededor de la cama. En esas apareció, no sé por dónde, el intruso ese con una escopeta de caza. Apuntó al lobo, sacó a mi abuela del armario y llamó a mi madre. Y no quiso creer que estábamos jugando. Mi abuela tampoco lo cree. Nadie nos cree. Por si fuera poco, el lobo no puede hablar cuando hay personas mayores presentes, de modo que yo era la única que lo creía. Pero a mí nadie me cree. Como no soy más que una niña... Ya oigo a mi madre decir:

Hija, parece mentira...

Y no es eso. Más bien parece un cuento.